No mirar.
Un cuaderno encontrado a días del eclipse.
Esto no lo he escrito yo. Lo encontré hace unos días haciendo limpieza, dentro de una caja de libros para descatalogar abandonada en la biblioteca donde trabajo. No sé quién lo dejó allí ni por qué, a nadie le importa. Pero a mí me gusta curiosear las páginas y tomos que serán degollados. También dicen que la curiosidad mató al gato. En fin, lo transcribo tal cual, con algún corte, merece compartirlo entero más que resumirlo con mis propias palabras.
No sé por qué guardé aquella hoja. No tenía ningún valor: papel del diecinueve, como los miles que se acumulan sueltos en el fondo de cualquier biblioteca vieja, entre libros que ya nadie abre, salvo algún investigador novato incauto engañado por el catedrático de turno.
La encontré metida en una enciclopedia de astronomía que olía a pegamento viejo revenido, entre dos páginas dedicadas a los eclipses. En el margen, con tinta cargada, alguien había escrito dos palabras.
No mirar.
Debajo, apenas visible, un número: 5.40. Tardé una tarde en descifrarlo. Era la referencia de un himno del Rigveda: Svarbhānu ocultando el Sol, sin devorarlo, hasta que el mundo entero perdía la cordura y se desataba el caos. Anoté la diferencia como quien corrige una errata y seguí trabajando. Lo que no puse fue que la letra de aquella nota no era la misma con la que estaba escrito el resto del margen.
Después vino la costumbre de comparar. Manías de ex-historiadora. Hiper-foco, como lo llaman ahora. Rāhu, decapitado por haber bebido el néctar de los dioses, condenado a perseguir para siempre al Sol y a la Luna que lo delataron. Los lobos del norte, Sköll y Hati, corriendo detrás de los astros sin descanso, sin llegar al mordisco final. Lo importante es el camino, la distancia cerrándose despacio. Los perros de fuego coreanos, enviados una vez tras otra a robar una luz que siempre acababa quemándoles la boca. En China combatían al perro celeste, Tiangou, a golpes de tambor y campana. En Filipinas grabaron hace pocos años a un hombre contando cómo su familia golpeaba ollas para espantar a Bakunawa, que quería comerse la Luna. Sin embargo, en la tradición diné no hay monstruo, solo la costumbra de quedarse a cubierto, en silencio o contando historias, mientras el Sol y la Luna se cruzaban y algo, en ese cruce, terminaba, y algo distinto empezaba. Un ciclo de muerte y renovación.
Cuanto más leía, menos me interesaba la criatura y más las instrucciones. Dar golpes. El silencio. Rezar. Entrar en casa. No mirar. Cada pueblo había elegido una imagen distinta para decretar una serie de órdenes similares.
Los golpes empezaron mientras escribía estas notas en mi cuadernillo. Tres, siempre tres, nunca a la misma hora. Los atribuí al edificio de madera vieja, tuberías oxidadas, el ascensor de los sesenta.
Hasta que encontré la descripción de los mismos tres golpes en un texto sobre un ritual que prefiero no escribir aquí. No era un sortilegio para espantar algo ni nada similar. Parecían marcar el final de algo que ocurría en la oscuridad, una forma de cerrar una puerta invisible.
Una noche, al levantarme de la silla en la biblioteca, me dí cuenta de que había tres hendiduras en la pared, justo detrás de donde llevaba meses sentándome a trabajar. Pasé la mano por encima: la madera estaba intacta, sin ninguna razón para que hubiese marcas allí. Al día siguiente, al volver a fotografiar la primera hoja (de nuevo manías de catalogadora), apareció en el dorso una frase que no estaba la vez anterior, en una tinta distinta a la mía y a la original.
Oye, escucha
la Primera Oscuridad.
Reconocí la letra. Era la misma que había escrito “no mirar”.
El eclipse llegó un mes después. No fui capaz de dormir la noche anterior. A las nueve de la mañana recibí un correo sin firma, una sola línea: ¿también los ha oído usted?
No contesté.
A mediodía dejaron de cantar los pájaros de mi calle, aunque a lo lejos seguían cantando los de siempre, como si la orden solo alcanzara a los más cercanos.
A la una ladró un perro, una sola vez, y no volvió a hacerlo.
Cuarenta y siete minutos antes dejé de sentir ningún deseo de mirar el cielo, por primera vez en años. En cualquier otra tarde eso me habría preocupado.
Entonces sonó el primer golpe.
No venía de la calle.
Esperé, y llegó el segundo, más fuerte, y miré hacia la puerta del estudio, entreabierta, pero no era de allí de donde salía.
El tercero vino de la ventana. Apoyé la mano en la pared: estaba fría, demasiado fría para una tarde de agosto, y al otro lado del cristal, tras la persiana bajada, oí algo que no era un golpe. Una respiración. Lenta, lejana, sorda.
Pensé en todo lo que había leído esas semanas y por fin entendí una cosa: nunca había sido cosa de una sola criatura. Cada pueblo había puesto un nombre a lo mismo, y lo único real, lo que se repetía sin excepción, era la orden. Permanecer dentro. No mirar. Esperar.
Un tambor grave, profundo.
Uno. Dos. Tres.
No levanté la persiana. No sé qué ocurrió con el Sol, ni con la calle, ni con el resto del mundo durante esos minutos. Solo sé que, cuando volvió la luz, los pájaros empezaron a cantar otra vez, y que alguien, desde algún lugar muy lejano, llamó a mi puerta.
Aquí termina el cuadernillo. La página siguiente falta: arrancada limpiamente, justo por el margen.
No he conseguido averiguar quién escribió esto, ni cuándo, ni si alguna vez llegó a abrir la puerta. Os lo comparto hoy, miércoles 12 de agosto, mientras en el norte de España se prepara el primer eclipse solar total visible desde la península en más de un siglo. Aquí, donde vivo, solo llegará una fase parcial, hacia las ocho y media de la tarde. Nada que deba preocupar a nadie.
Aun así, esta tarde bajaré las persianas un rato antes de lo normal.


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